Lo que no saben de mi primer día de viaje

Camino al aeropuerto de Cali, estoy sentado en el puesto trasero del carro de mis padres. Eran las cuatro de la tarde pero mi mente estaba tan nublada que sentía que eran las diez de la noche. Todo estaba oscuro. Mi cabeza empezó a dar vueltas, lágrimas se me salieron mientras veía el rostro de mi madre en el retrovisor. Sentí un pequeño viento que congeló todo mi cuerpo. ¿Qué carajos estoy haciendo? ¿En qué me metí? Pensé.

Nunca había dimensionado lo que estaba haciendo hasta ese momento en el carro yendo al aeropuerto. ¿Renuncié a mi trabajo para viajar? ¿En serio? ¿Dejé la comodidad de una casa para irme a dormir en hostales y casas de amigos y de extraños? ¿Cambié mi guardarropa por una mochila? ¿Cambié mi carro por irme a “echar dedo” con desconocidos? La cagué. Pensé. Miento. La “re-cagué”.

Llegamos al aeropuerto y miré a mis papás. Traté de mantenerme calmado para que ellos no notaran el susto que sentía. ¿Será muy tarde para retractarme? Volví a pensar.

Los miré nuevamente, los abracé y me despedí. Sin tener fecha de regreso, sin tener certeza de cuando volvería (o volveré) a verlos. Mi mente seguía dando vueltas y yo mareado.

Durante la conexión de vuelos en Bogotá alcancé a verme con mi ex novia. Me sentí peor. ¿Se termina una hermosa relación por irme de loco por el mundo? Mi mente me seguía castigando. La abracé y me despedí.

Entro a la sala de espera sintiéndome descompensado. Ahora, muchos dirán que estoy loco por sentir miedo y no emoción. ¿A quién no le emociona viajar? Pero lo mío era diferente. Yo nunca había mochileado en mi vida. Me había quedado en dos hostales antes y siempre que viajaba lo hacía con todas las comodidades. Pero era diferente esta vez, había renunciado a todo lo que era importante para mi: familia, amigos, relaciones, trabajo, carro, casa, etcétera por irme a hacer algo que nunca había hecho.

A pesar de todos los miedos en mi cabeza y cuerpo, seguí. Algo muy dentro me decía que estaba haciendo las cosas bien, aun cuando en principio no se viera así. No me puedo echar para atrás. Pensé. Si me estoy equivocando, el tiempo lo dirá. Volví a pensar. Mandé todos mis sustos a otro lado y me monté en el avión. Me fui a Barcelona y así empezó todo.

Hoy son 29 meses viajando. He visitado 31 países desde ese día que volé de Cali a Barcelona, y no he vuelto a Colombia desde entonces. En este tiempo, me he quedado en cientos de hostales, casas de amigos y extraños. Olvidé mi carro y ahora viajo a dedo en casi todos los países que visito. Cambié mi trabajo de oficina por trabajos casuales en restaurantes, cafés, limpiando casas, freelancing por internet, entre otros. Me cansé de los edificios grandes y me dediqué a visitar templos y monumentos. Cambié las reuniones laborales con tiburones corporativos por irme a bucear con tiburones de verdad. Dejé atrás un estilo de vida que no era el mío y ahora hago algo que me gusta. Todo, gracias a dejar el miedo a un lado.

Esto que les escribo es para decirles que sentí mucho miedo el primer día y que es normal si les pasa. Que es normal sentir miedo cuando hacemos algo que nunca hemos hecho. Que es normal sentir miedo cuando nos arriesgamos por algo que creemos que vale la pena. El tiempo y la paciencia me han recompensado y me han hecho saber que tomé la decisión correcta, al menos eso siento hoy en día.

No sé que pasará con mi futuro una vez pare de viajar, pero hoy siento que esta ha sido la mejor experiencia de mi vida y no la cambiaría por nada. Y sé que aun hay más por venir. Todo, gracias a dejar el miedo a un lado.

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2017-09-05T14:26:34+00:00 August 7th, 2017|Colombianos, Stories|